VILLA DE LEYVA CON ANN MARIE

VILLA DE LEYVA CON ANN MARIE

Entre montañas andinas, ríos pequeños y un valle de clima seco que fuera en el cretáceo un mar primitivo repleto de kronosaurus, ictiosaurios, pliosaurios, trilobites y toda clase de plagas marinas, se asentaron muiscas de habla chibcha. Estos indígenas eran descendientes de Bachué y su hijo. Allí llegaron los españoles y fundaron ““la Villa de Santa María de Leyva con acta firmada el 12 de junio de 1572 por Hernán Suárez de Villalobos, Teniente Corregidor y Justicia Mayor de la ciudad de Tunja, el alcalde de Tunja, Miguel Sánchez y los Regidores Perpetuos Francisco Rodríguez y Diego Montañez, "en cumplimiento de la comisión y autos proveídos por su señoría el presidente", de la Real Audiencia del Nuevo Reino de Granada Andrés Díaz Venero de Leyva. (Wikipedia)””.
Asentados señores y siervos en el valle continuaron cultivando ganado, granos, legumbres y tubérculos incluyendo el trigo que fue, por mucho, el principal producto de la región. Pero plagas, enfermedades y pésimos sistemas de cultivo convirtieron al lugar, de por sí áspero, sediento y venteado, en un semidesierto tal cual hoy es.
Villa de Leyva se precia de ser cuna de Ricaurte prócer independentista y lugar de descanso perpetuo de Nariño, el precursor de la Independencia colombiana. Llena de conventos, claustros e iglesias muy bien conservadas está rodeada de lugares fantásticos como el Centro de Investigaciones Paleontológicas (C.I.P.), el precioso Convento del Santo Ecce Homo, la laguna de Iguaque. Y en cercanías, o en el mismo pueblo, innumerables restaurantes, hoteles y hostales.
Mi condiscípula y amiga, Ann Marie, a quien hace cincuenta y dos años no veía, nos invitó a su casa ubicada en la vereda del Gomar. Comimos salmón, vino, queso, pan, huevos de gallina criolla; conversamos sin reposo hasta las dos de la mañana recorriendo, con prisa pues sólo dos días teníamos para hablar, de nuestras vidas, nuestros hijos, los padres, la familia, los recuerdos, los oficios, los amantes y los amores idos o ganados. No podía faltar la política, Santos y el proceso de paz, la creencia o no en el país y en la especie, Sander y Trump, nuestro lado socialista de marca refousiana, los impuestos, libros y llantos.
Un banquete en Sutamarchán con todos los ingredientes del asado boyacense, refajo incluido; la visita a la granja ovina de Jaime y el padrón de testículos enormes que pedí que lo rebautizaran “Juan Manuel” no por lo bien hormonado sino por lo guevón; el ajiaco de bienvenida en un restaurante popular de la Villa absolutamente delicioso; la pastelería del francés y… el VIII Encuentro de Música Antigua en Villa de Leyva.
El jueves santo 24 de marzo del 2016, ocho de la noche, el Programa musical en el Templo del Claustro de San Agustín, se llamaba “Entre dos mundos”: dos violines barrocos, un violoncelo y un clavecín ejecutaban a Vivaldi, Willem de Fesch, Zipolo y otros. Me encantaron las Sonatas Anónimas del Archivo Musical de Chiquitos (Siglo XVIII―Bolivia), vigorosas, alegres, prestas, un adagio más lento que el andante, con violines punteados y clavecín armónico.
Jueves, viernes y sábado en la mañana Claudia y yo con Ann Marie: inmejorable, excelente, maravilloso, estupendo, delicioso, de primera, fueron las notas que le dejamos en un libro medioeval que ella tiene en el estar de su casa para que los visitantes de sombrero, pluma, toga y gabán le anoten.
Y nos despedimos ya con 68 años a cuesta, creyendo que podremos volver a vernos el próximo año yendo ella a Villeta o volviendo nosotros a la Villa.
Te mando un beso grande, Ann Marie.


Mauricio Jaramillo Londoño

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